febrero 18, 2020

Experiencias por el mundo.

“El único peligro es querer quedarse”

Bien lo decía aquella campaña internacional que realizó Colombia años atrás. Y es que esa simple frase, pero acertad a, da en el punto cuando venimos a conocer este extraordinario país.

Desde que llegamos a su Aeropuerto, El Dorado, nos atrapa la cantidad de zonas verdes en medio tantos edificios y vehículos. Bogotá es una mega ciudad llena de personas sonrientes, buenas y trabajadoras.

Observar a lo lejos, en lo alto, la iglesia en honor a Nuestro Señor Caído de Monserrate es un deleite a la vista y a las ganas de subir a ese cerro.

Por funicular o por teleférico es toda una aventura ascender en pocos segundos de 2.630 a 3.190 metros sobre el nivel medio del mar. El adentrarse en la vegetación y observar como la inmensidad de la ciudad se posa a nuestros ojos, es todo un regalo que se queda en la retina y en la memoria de nuestras cámaras.

Si es por el funicular, tendremos la oportunidad de realizar el Viacrucis, que es engalanado con esculturas que representan cada estación. Llegar a la cima y sentir la brisa que te refresca y hasta despeina es un aliciente que le prepara para ingresar a un santuario hermoso y sencillo, pero lleno de mucho fervor y cariño por la tradición bogotana.

Luego, caminar por las calles estrechas de la Candelaria, o Centro Histórico, es conocer la historia de una nación que ha sufrido, pero que también ha vivido el respaldo de un pueblo que lucha por un mejor Colombia.

Sus museos, como el de Botero, dan al turista la oportunidad de cultivarse y enriquecer su forma de ver y entender la cultura. O el de Oro, que por mucho es uno de los museos más importantes de esta nación suramericana, en él se encierran tantas expresiones y trabajos de sus antepasados que lo invitan a uno a dar un viaje imaginario por cada sala hasta llegar a entender una de las leyendas más fuertes como lo es “El Dorado”, ese joven que fue preparado para ser ese Dios, ese ídolo. Sin duda este museo es una invitación a adentrarse en las culturas y tradiciones de quienes construyeron nuestra América.

Recorrer las calles de su Centro Histórico es adentrarse en la historia de la fundación de esta ciudad, que si bien es cierto ha pasado por amargos momentos, pero es pujante y alegre; es multicolor y llena de vida que le impregna cada bogotano.

Historias como la de Manuelita y Bolívar, ese Romeo y Julieta de la época son envolventes y llenas de picardía; nos invitan a querer recorrer cada rincón de esta ciudad.

Y si de majestuosidad se trata, no puede faltar la visita a la Catedral de Sal. Ésta se ubica en la población de Zipaquirá, a unos 45 minutos de la capital.

El iniciar el recorrido entrando por un túnel, que poco a poco se entiende como el acceso a una mina, hace que en medio de la poca luz que hay, vayamos observando una muestra artística impresionante.

Ver como la representación del Viacrucis fue tallada en las paredes de este lugar, que fue explotado por 13 años en la extracción de Sal, nos hace creer que lo que veremos en lo interior es espectacular. Sea creyente o no, la mina o Catedral de Sal hay que visitarla, es la primera maravilla de Colombia y nos atreveríamos a decir que una de las maravillas del mundo creadas por el hombre.

Su cruz, sus altares y más, son engalanados con luces que resaltan su belleza e ingenio de los mineros. La participación de artistas y escultores lograron una de las Catedrales más impresionantes del Mundo.

Ya hasta acá vamos entendiendo por qué esa campaña rezaba que “el único peligro de Colombia es querer quedarse”, y con muchas razones se puede respaldar esta frase. Su comida, su gente y sus sitios turísticos nos dan la bienvenida a esta tierra que nos puede ofrecer aroma, color y sabor en cada visita.

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